Todos los Primero de Mayo desde 1886 el movimiento obrero y sindical celebra el aniversario de una sentencia contra varios mártires obreros: Albert Parsons, Adolf Fischer, Auguste Spies y Georg Engel fueron condenados a la horca; Samuel Fielden y Michael Schwartz, a cadena perpetua; Oscar W. Neebe, a quince años de trabajos forzados; y Louis Linng se suicidó el día antes de su ahorcamiento. Son los llamados mártires de Chicago. Aquel 1 de mayo de 1886, el Philadelphia Tribune señalaba que se estaba produciendo la tarántula universal y que los obreros se habían vuelto locos por defender una jornada de ocho horas diarias, cuarenta y ocho horas semanales. Ellos sufrieron la muerte, la cárcel y la ignominia, pero finalmente la se estableció por norma la jornada máxima semanal de 48 horas. Una conquista histórica. Otras luchas posteriores consiguieron la de 42, la de 40… y últimamente Izquierda Unida se quedó prácticamente sola defendiendo la jornada de las 35 horas semanales por ley. No se consiguió la ley, pero sí se ha ido imponiendo en algunos convenios colectivos, y entre los empleados públicos de la Junta de Andalucía.
No ha sido ésta la única conquista de los trabajadores y trabajadoras: el derecho a pensiones, a sindicarse, a reunirse, a tener representantes en las empresas y en las instituciones, a hacer huelgas, etc. Sobre la base de que las relaciones laborales no son un contrato civil en el que las partes vayan a firmar en igualdad de condiciones, sino que hay una parte contratante más débil, la del trabajador o la trabajadora, el movimiento sindical ha ido conquistando leyes específicas que componen lo que hoy se llama Derecho del Trabajo. Pero si algún derecho laboral es clave de bóveda del sistema de garantías de los derechos de los trabajadores y trabajadoras, es el derecho a la negociación colectiva. Que el contrato donde se reconocen por parte del empresario las condiciones de trabajo no sea individual, sino que sea colectivo y a ser posible revisable por los representantes sindicales, es fundamental. También esto se ha conquistado. E incluso se ha llegado a conseguir el reconocimiento constitucional de sus derechos y de su status como parte importante de la sociedad, blindando así la participación institucional de sus sindicatos en la concreción de la dinámica de la producción y la distribución de la riqueza. El reconocimiento de todo este poder obrero ha sido uno de los elementos clave a la hora de medir el grado de democracia de un Estado. Los estados modernos han sido concebidos como estados sociales y de derecho. Y la Unión Europea ha sido creada sobre la base del respeto a la existencia previa de un modelo social avanzado, recogido en la Carta Social Europea, donde se reconocen de forma específica todos estos derechos.
Y con ser todos y cada uno de estos avances importantes, el de la limitación de la jornada laboral a 48 horas semanales ha constituido uno de los hitos civilizatorios más simbólicos e intocable.
Pero nadie ha escrito que la historia sea irreversible, ni hay conquista ganada para siempre. El enemigo de clase de los trabajadores, las burguesías y los poderes económicos, han aspirado siempre a recortar esos derechos. Y la política económica del neoliberalismo desarrollada desde hace más de treinta años a nivel planetario ha introducido prácticas reaccionarias cuyo esencial objetivo ha sido poner en cuestión los derechos de los trabajadores, y la supeditación de estos derechos a los intereses de la empresa y de la buena marcha de la economía de sus respectivos países. Poco a poco se han ido poniendo en cuestión los derechos más elementales. Bien por la vía de los hechos consumados, transgrediendo a veces las leyes, o bien haciendo que los estados y la política misma pintasen cada vez menos en las decisiones económicas, y que las leyes fuesen reformadas en un sentido regresivo, hacia el recorte o limitación de los derechos laborales.
Ciento veintidós años después de aquel Primero de Mayo, el 10 de julio de 2008, los Ministros de Trabajo de la Unión Europea han aprobado la propuesta de la residencia eslovena que permitirá, a cada Estado miembro, modificar su legislación para elevar la semana laboral hasta las 60 horas, y, en algunos casos, —y para algunos colectivos— hasta las 65, permitiendo incluso, que, por acuerdos, convenios colectivos o acuerdos nacionales, se puedan traspasar estos efectos.
No es mala práctica recordar el futuro. Y si ayer fue futuro este brutal recorte del derecho a una jornada de 48 horas, hoy ya es presente. Todavía no, porque falta la aprobación formal del Parlamento Europeo. Hay que luchar que no lo ratifique. Pues si el futuro de las 65 horas semanales se convierte en presente, los neoliberales no se van a parar ahí, y mañana podrá volver a ser permitido por ley el trabajo de los niños en el interior de las minas, no ya en el Tercer Mundo, sino en la UE también. Y ya puestos, si el mercado lo exige, por qué no volver a introducir en el Código Penal del futuro la prohibición de las reuniones de trabajadores para imponerle límites al mercado.
El movimiento sindical europeo ha aceptado en general el principio de la flexibilidad laboral para adaptarse a las nuevas exigencias del mercado globalizado. Pero no acepta que en nombre de esa flexibilidad se pretenda volver al siglo XIX. Pues es volver al siglo XIX la pretensión de permitir que sea cada trabajador con su empresa quien pacte la jornada laboral más allá o no de las 48 horas, hasta las 65 horas semanales. Si la contratación se individualiza hasta ese extremo, adiós negociación colectiva, adiós sindicalismo, adiós sindicatos y adiós derechos de los trabajadores. La CES (Confederación Europea de Sindicatos) sabe todo esto, y por eso ha convocado a una jornada de movilización el día 7 de Octubre de 2008. Este pulso hay que ganárselo a los gobiernos de una UE construida contra los intereses de los trabajadores. Y después vendrán las elecciones europeas, donde habrá que acabar con la hegemonía de la derecha neoliberal y la pseudoizquierda socialista consentidora y gestora del neoliberalismo. Así que, todos y todas en marcha.
Amelia Romacho Ruz
sindicalista de CC.OO.
sindicalista de CC.OO.



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